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El bar perfecto

El bar perfectoDoy ahora la reseña
de un bar que hay en Sevilla,
del que hace muy poco tiempo
alguien me ha dado noticia.
Conozco, pues, el lugar,
desde hace muy breves días,
porque hace un par de meses
de nada lo conocía.
El tal bar es un portento,
una auténtica maravilla,
un compendio de excelencias
que demuestra y testifica
que lo perfecto es posible
en mi amada Andalucía.
El bar está en una plaza
tan bella como tranquila,
que existe en el casco antiguo
y cual el casco, es antigua.
La Giralda, majestuosa,
está a su misma verita.
Los naranjos que la pueblan
aroma a azahar trasminan.
Por ella no pasa un coche,
porque es plaza restringida,
aunque no existen problemas
para aparcar a su orilla.
El local, lleno de gracia,
igual que el Avemaría,
no es grande ni pequeño,
está en una medianía.

Decorado está con gusto,
sin pasarse ni mijita.
Son de estilo sevillano
las sus mesas y sus sillas,
unas rojas, otras verdes,
todas con sus florecitas.
Concurre allí mucha gente,
pero es gente que no grita,
porque el culto al alarido
en ese rincón se olvida.
Que el sitio imprime carácter
es allí verdad clarísima.
La cocina no se oculta,
que es una cocina vista.
Sin ser grande de tamaño,
sí que es una gran cocina,
bien equipada, amorosa,
y más que limpia, relimpia.

La dependencia, impecable,
correctamente vestida,
amable, sin aspavientos,
ágil, atenta, solícita,
le da confianza al cliente,
mas nunca le da jarilla.

A cantores ambulantes,
los que tanto desafinan,
que en bandejas petitorias
convierten sus guitarritas,
les está la entrada al bar
totalmente prohibida.
No se corre allí el peligro
de que algún eximio artista
tras destrozarte los tímpanos
pretenda cobrarte encima.

Y aquí es llegado el momento
de la cuestión nutritiva,
porque del bar, fundamento,
son el vino y las tapitas,
o la espumosa cerveza,
que tampoco es tontería.

La nómina manducante
es andaluza legítima.
Tomen nota mis lectores
de la suculenta lista:
espinacas con garbanzos,
garbanzos con tagarninas,
“bacalati con tomati”,
el boquerón, la acedía,
esos calamares fritos,
esas pijotitas fritas,
de jamón los caballitos,
de gambas las tortillitas,
la croqueta, el sanjacobo,
el bacalao, la pavía.
El menudo, el pez espada,
el ragú, la ensaladilla,
el champiñón al ajillo,
el caracol, la cabrilla,
esa sangre encebollada,
con guisantes la corvina,
ese picadillo hecho
con puro aceite de oliva,
esas papas aliñás,
que todas las penas quitan,
la pringá con su tocino,
su chorizo, su morcilla,
y su carne de jarrete
que a los muertos resucita.
Jabugo y Cumbres Mayores
abastecen de chacina.
Y un arrocito caldoso
está al salir enseguida.
Los sólidos argumentos
de la alegre letanía
son, según las excelencias
de la su materia prima,
por el cariño acendrado
conque en ese bar se guisan,
y por la justa abundancia
que allí jamás se escatima,
gastronómicos placeres
de la mayor garantía.

-¿Y cuánto cuesta, maestro,
todo el disfrute y la dicha
de una tapa de tronío
regada con manzanilla,
en aquese paraíso,
que hay, por lo visto, en Sevilla?

-Ahora mismo se lo digo,
y no le diré mentira:
Una tapa de menudo,
de “Soleá” una cañita,
o unos calamares fritos
con su copa de “La Ina”,
o un jugoso sanjacobo
con tinto o con cervecita,
nunca jamás sobrepasan
las doscientas pesetillas.
O sea, que a un euro veinte
salen comida y bebida.
Y querido amigo mío,
permítame usted que le insista
en que el ambiente del sitio
es de los que tranquilizan.
Limpio, acogedor, gracioso.
Pletórico de alegría,
apacible, confortable,
sereno y lleno de vida,
do nadie mete la pata,
do nadie se extralimita.

Le daré un postrer detalle
que por poco se me olvida:
se refiere a los servicios
que son cosa importantísima,
es decir, a los retretes,
dicho de forma castiza.
En este bar, el recinto
para las cuestiones íntimas,
es lugar que placer causa
ocuparlo media horita.
No le falta ni un detalle,
ni la toalla limpísima,
ni el ambiente fragante,
ni de jabón la pastilla,
ni ese papel enrollado
que a veces salva la vida.
Está limpio el azulejo
de cualquier bordería
de aquesas que los gamberros
gustan de dejar escritas.

Eso es todo, y finalmente,
colmando la maravilla,
en los meses de verano,
cuando el calor atosiga,
el aire acondicionado
es una pura delicia.

-¿Y ese bar cómo se llama?
-Se llama bar Utopía.
-¿Y esa curiosa palabra,
maestro, qué significa?
-Que tal bar es ideal,
pero no existe, es mentira.

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